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EL VALOR DE LA MÚSICA NO SE MIDE EN REPRODUCCIONES

Una reflexión personal sobre la industria del streaming, el valor de la creación musical y el respeto al trabajo de los compositores.

Hay decisiones profesionales que no se toman por comodidad, por moda o porque todo el mundo haga lo mismo. Se toman por convicción.

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Una de ellas es mi posición respecto a la publicación y distribución de mis bandas sonoras en plataformas como Spotify, Apple Music, iTunes, Amazon Music, Deezer, Tidal y otros servicios similares.

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Quiero explicar abiertamente por qué no considero que estas plataformas representen, en muchos casos, un modelo justo, sostenible o proporcional al trabajo que existe detrás de una composición musical.

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No es una cuestión de orgullo, de rechazo a la tecnología ni de falta de interés por llegar a más personas. Es una cuestión de valorar el trabajo creativo, entender cómo funciona realmente la industria y decidir qué modelo quiero defender como compositor.

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Y, sobre todo, de no confundir millones de reproducciones con millones de euros.

Spotify

¿Por qué no encontrarás mi música en estas plataformas?

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Por coherencia con mi filosofía profesional, he decidido no utilizar las principales plataformas de streaming como canal de publicación de mis bandas sonoras. No quiero que el valor de meses de composición, producción y trabajo artístico quede condicionado por un sistema de remuneración basado en reproducciones que considero insuficiente y poco representativo del esfuerzo creativo.

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Prefiero apostar por otras vías de distribución, acuerdos profesionales y proyectos en los que la música, sus derechos y el trabajo de quienes la crean reciban el reconocimiento y la compensación que merecen.

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No es que mi música no esté disponible. Es que he decidido dónde, cómo y bajo qué condiciones quiero compartirla.

 

 

— ACRODANCON

EL PROBLEMA: EL VALOR REAL DE UNA COMPOSICIÓN

Crear una banda sonora no consiste simplemente en producir unos minutos de audio.

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Detrás de una composición cinematográfica puede haber semanas o meses de trabajo: desarrollo de conceptos musicales, investigación, escritura orquestal, armonización, composición temática, grabación, interpretación, programación, edición, producción, mezcla, masterización y dirección musical.

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En ocasiones, hay decenas de músicos, técnicos y profesionales implicados.

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Hay formación, experiencia, inversión económica, equipamiento, conocimiento y, sobre todo, una cantidad enorme de horas de trabajo.

​

Sin embargo, cuando esa misma composición llega a determinadas plataformas de streaming, su remuneración pasa a depender de un sistema de reparto de ingresos basado en la proporción de reproducciones que representa dentro del conjunto de la plataforma.

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No existe una tarifa universal fija por reproducción.

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Es decir, una reproducción no tiene un precio establecido que el compositor pueda conocer de antemano. El resultado depende de múltiples factores: el país del oyente, el tipo de suscripción, los ingresos generados, el volumen total de reproducciones y los derechos que correspondan a cada titular.

​

Y aquí empieza el problema.

​

Una obra que ha requerido meses de trabajo puede generar unos ingresos extraordinariamente reducidos si no alcanza un volumen de reproducciones muy elevado.

No considero razonable que el éxito económico de una composición dependa principalmente de conseguir que millones de personas reproduzcan una pieza una y otra vez.

​

La música no debería necesitar convertirse en un producto de consumo masivo para tener valor económico.

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UNA REPRODUCCIÓN NO ES UNA COMPRA

Hay una diferencia enorme entre comprar una obra musical y acceder a un catálogo mediante una suscripción.

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Cuando alguien compra una composición, adquiere un producto concreto bajo unas condiciones determinadas.

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En el streaming, en cambio, el usuario paga una cuota para acceder a un catálogo prácticamente ilimitado. Escucha miles de canciones diferentes, pero su cuota no se asigna íntegramente a los compositores que ha escuchado.

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En el modelo de reparto proporcional, los ingresos se distribuyen atendiendo al porcentaje de reproducciones que representa cada titular dentro del conjunto correspondiente.

Esto significa que una composición compite constantemente por una parte de un fondo común de ingresos.

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No basta con que alguien valore tu música. Necesitas que tu obra consiga una participación suficientemente grande dentro de un ecosistema global.

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Y esa es una diferencia fundamental: el reconocimiento artístico y la rentabilidad económica no necesariamente avanzan juntos.

EL PROBLEMA: EL VALOR REAL DE UNA COMPOSICIÓN

Crear una banda sonora no consiste simplemente en producir unos minutos de audio.

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Detrás de una composición cinematográfica puede haber semanas o meses de trabajo: desarrollo de conceptos musicales, investigación, escritura orquestal, armonización, composición temática, grabación, interpretación, programación, edición, producción, mezcla, masterización y dirección musical.

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En ocasiones, hay decenas de músicos, técnicos y profesionales implicados.

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Hay formación, experiencia, inversión económica, equipamiento, conocimiento y, sobre todo, una cantidad enorme de horas de trabajo.

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Sin embargo, cuando esa misma composición llega a determinadas plataformas de streaming, su remuneración pasa a depender de un sistema de reparto de ingresos basado en la proporción de reproducciones que representa dentro del conjunto de la plataforma.

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No existe una tarifa universal fija por reproducción.

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Es decir, una reproducción no tiene un precio establecido que el compositor pueda conocer de antemano. El resultado depende de múltiples factores: el país del oyente, el tipo de suscripción, los ingresos generados, el volumen total de reproducciones y los derechos que correspondan a cada titular.

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Y aquí empieza el problema.

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Una obra que ha requerido meses de trabajo puede generar unos ingresos extraordinariamente reducidos si no alcanza un volumen de reproducciones muy elevado.

No considero razonable que el éxito económico de una composición dependa principalmente de conseguir que millones de personas reproduzcan una pieza una y otra vez.

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La música no debería necesitar convertirse en un producto de consumo masivo para tener valor económico.

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LA VISIBILIDAD NO DEBERÍA CONFUNDIRSE CON LA RENTABILIDAD

Uno de los argumentos más habituales a favor del streaming es la visibilidad internacional.

 

Y es cierto: estas plataformas permiten que una composición pueda escucharse prácticamente en cualquier lugar del mundo.

 

No voy a negar esa ventaja.

 

Pero estar disponible no significa necesariamente ser descubierto. Y ser descubierto tampoco significa recibir una remuneración proporcional.

 

Hay millones de grabaciones compitiendo por la atención del público. La disponibilidad de una obra no garantiza que vaya a tener visibilidad, que aparezca en listas de reproducción, que sea recomendada o que encuentre a su audiencia.

 

Además, el sistema genera una presión constante por conseguir reproducciones, mantener la actividad, alimentar algoritmos y publicar contenido de manera recurrente.

 

Poco a poco, parece que el trabajo musical debe adaptarse a las exigencias de la plataforma, en lugar de que la plataforma sea simplemente un medio para acercar la música a las personas.

 

No quiero componer pensando en cómo conseguir más reproducciones.

 

Quiero componer pensando en la historia que tengo que contar, en la emoción que debo transmitir y en lo que necesita una película, una serie, un documental o un videojuego.

 

Una banda sonora no debería tener que competir bajo las mismas reglas que un sencillo comercial de tres minutos.

ENTONCES, ¿ESTOY EN CONTRA DE QUE LA GENTE ESCUCHE MI MÚSICA EN ESTAS PLATAFORMAS?

No.

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Estoy en contra de convertirlas en el principal modelo de valoración económica de mi trabajo.

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No tengo ningún problema con que una persona quiera escuchar una composición en Spotify, Apple Music o cualquier otro servicio. Tampoco cuestiono que existan artistas que encuentran en estas plataformas una herramienta útil para desarrollar su carrera.

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Cada profesional tiene sus propias circunstancias, objetivos y estrategias.

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Mi postura es otra.

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Considero que la música debe poder distribuirse de diferentes maneras, con diferentes modelos de explotación y con unas condiciones que respeten el trabajo de quienes la crean.

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La distribución digital puede ser una herramienta. No tiene por qué convertirse en el destino obligatorio de todas las composiciones.

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Y, desde luego, no debería ser la única manera de entender el éxito de una obra.

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— ACRODANCON

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